Brecha - Crítica de Trampolín.

 
Como pasó con tantos de los que asomaron en los últimos años de la dictadura, la emergencia de Santiago Montoro como solista fue lenta. Participó en la Sonora del Sur, acompañó a Fernando Ulivi e hizo unas pocas movidas personales antes de trasladarse a España en 2001. Desde su regreso en 2010 se viene destacando como un competente productor artístico, guitarrista refinado e imaginativo, acompañante, entre otros, de Rossana Taddei y Guillermo Daverede. Este* es el primer disco que edita desde su regreso (los dos anteriores salieron cuando estaba en Europa). Su música es “pop”, pero no en el sentido de comercial, sino en el de una versión de rock que tiene la preocupación y el gusto por un tratamiento pulido, con un repertorio de recursos cultivado, y dentro de un marco de control expresivo. Es también pop en el sentido un rock que está de vuelta de los roquismos y, como en la New Wave, encuentra “arte” en expresiones menos ostentosas de artisticidad, más enchastradas de elementos de lo divertido y lo efímero.
El sonido es casi siempre pleno, tipo banda beat, lo que dificulta (sin impedir) clasificar a Montoro como “cantautor”. La mayor importancia relativa de la música sobre la letra es otra diferencia con esa etiqueta. La influencia de Drexler siempre fue importante en Santiago (desde mucho antes de la fama internacional) y sigue apareciendo aquí. Pero no se traduce, como en algunos colegas, en una obsesión excluyente con climas tiernos y gestos lindos –que aparecen sólo esporádicamente aquí, como en “Sin paz”–, sino tan sólo en la materialidad de algunas sonoridades, de algunos giros o ideas, como esa veta de ritmo hemiólico rioplatense que tiene “Salario mínimo”, algún título en común (“Crece”), la presencia de ciertos planteos micropolíticos genéricos y no-incómodos (“el derecho a soñar”, la vindicación del Sur, vivir el momento).
Lo que se pueda distinguir de Drexler en su música, el citado ritmo hemiólico y un dejo de candombe semiexplícito en “Autovía del sur”, son lo más “regional” del disco. Las influencias de Mateo y Opa supieron ser decisivas en la formación de Montoro, y sus trabajos previos tenían algo más de milonga, candombe y murga, pero esos elementos aquí fueron filtrados. Capaz que en España le salió la uruguayez, mientras que ahora hay una cierta hispanidad, detectable en esas escalas medio gitanas (con segunda aumentada) que aparecen en “Dejar el ghetto” y “Marimaría”, además de una versión dance de una canción de El Combolinga. Pero no hay ninguna  fectación en eso (el acento sigue siendo cien por ciento montevideano).
Es una música vital, con swing, llena de estribillos pegadizos y muy bien encontrados, que parece asumir en forma desembozada el cometido de producir placer, hacer mejor el momento del oyente. Pero el camino hacia ese objetivo no es el más obvio –el que puede fallar por aburrimiento–: está intervenido por obstáculos superables que refinan el disfrute, animan la escucha. La propia voz de Santiago tiene un dejo rugoso, no lindo, y su enfoque interpretativo es gozoso pero no muy sentimental. En las composiciones disfruta algunos breves desplazamientos armónicos que obligan al oyente a replantear el “dónde estamos parados” (por ejemplo, en “Náufrago” esa incursión en la tonalidad de la sensible, o en “Salario mínimo” y “Sin paz” las incursiones en si menor en un contexto de re menor). También hay desplazamientos rítmicos (el estribillo en siete de “Paraguas”, y una canción toda en cinco), y sonoridades muy bien encontradas (muy lindo el arreglo de clarinetes de “Sin paz”, o la combinación de guitarra eléctrica con wah-wah y acordeón en “Dejar el ghetto”). El disco cuenta con dos coautorías buenísimas con Rossana Taddei (que canta en una de ellas). La producción es impecable y creativa  Mateu coprodujo el disco con Montoro). Los músicos son excelentes. La presentación en vivo será en Sala Zitarrosa el jueves 9 a las 21 horas, y la banda estará integrada por Sebastián Larrosa, Alejandro Labandera, Francisco Etchenique, Pomo Vera y Federico Blois. 
 
Guilherme de Alencar Pinto